jueves, 8 de diciembre de 2011

¿Frontera de colores?

Estaban viajando en el subte, no quería cruzar sus pupilas, se miraban de reojo, con asco; pensaban "¿porque este viaja acá?", sumaban sus problemas del día, el mal viaje, problemas de laburo, de familia, cosas de la vida. Tenían, tienen tanto en común, pero algo tan básico los separaba: La ignorancia y la frontera de colores de piel.
Si, eso los separaba, tan simple como eso.
El era un hombre común, laburador, proveniente de bolivia, piel oscura, mirada baja, encorbado por la costumbre de ser rechazodo o tildado como "chorro", iba a su hogar para llevarle a su familia los mangos que ganó en el día, trabajando en la verdulería. Ahi estaba ella, sin ningún tipo de extravagancia, laburadora, regresaba a su casa después de un intenso día en el local de ropa que tenía en Once, desconfiada.
No podían mirarse, hablarse, la desconfianza que les generaba la frontera de colores; pero si supieran que sólo son dos tan simples mortales, de carne  y hueso, con problemas, con familia, con amores, con vida, con energía. Simples mortales, que no se conozen, que sus caminos se cruzan en un mismo país, en un mismo trasnporte público, simples mortales con miedo a lo nuevo, con desconfianza a lo desconocido o quizás aquello que no es igual a uno mismo.
Si supieran que juntos, es mejor.
Simples mortales con el pánico, de una frontera, que imponen  ellos mismos; simples mortales divididos por su propia frontera de colores, desconfianza y xenofobia.





El ser humano tiende a trasnformar lo fácil en imposible.

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